El motivo de que en esta ocasión me disguste que se produzca un temporal por leve que sea, es que, con toda probabilidad, se tendrá que suspender una actividad de los domingos por la mañana, descubierta -en su plenitud- hace poco. Sí, les hablo del viejo rastrillo. Cuánta satisfacción se puede encontrar en un sitio aparentemente tan inmundo. Y no me refiero sólo a los objetos materiales, absolutamente maravillosos muchas veces, que allí se pueden encontrar, sino al ambiente, objetivamente putrefacto y degradado, que se muestra sin embargo pulcro y decente ante mis ojos.
He llegado a ansiar entre semana el sacro ritual dominical tal como levantarme temprano, conducir plácidamente por las solitarias avenidas de una ciudad dormida hacia la plaza trasera de un estadio de futbol que en breve será derruido, llegar a la cafeteria de siempre, donde las simpáticas señoritas me obsequian con una cariñosa sonrisa y un café caliente amorosamente decorado (parecido a los de la imagen). "¿Te gusta así?"- me dicen. "Claro que sí, es muy bonito", pero pronto se desvanece todo su trabajo entre mis labios.

Llama mi atención el hecho de que, como digo, aunque todo tiene un aspecto miserable e infame, parece que las reglas de la cortesía, educación y buena conducta se han instalado allí misteriosamente, y jamás han visto mis ojos hurtos, enfrentamientos, improperios o agravios. La ley del viejo rastro impera ceremoniosamente.
Si consigo acercarme este domingo, prometo presentarles aquí alguna modesta fotografía. Tan sólo deseo ardorosamente que no llueva.
[¡Al fin! La tecnología es a veces diabólica. Les pongo estas tontas imágenes de mi visita al rastrillo, y aprovecho para desearles un buen año. Yo me he propuesto comenzar a fumar, beber, no hacer deporte, leer a Saramago y escuchar a la Piaf. Un abrazo a todos. Permanezcan sanos y vean mañana el fabuloso concierto de Año Nuevo con Barenboim]
Se me olvidaba, todas estas fotos están tomadas en semáforos en rojo, ejem.






